El fantasma de la ópera

Para ser un buen democratizador de la ópera se necesita mucho dinero. Un buen montaje de Nabuco o de Aida no se resuelve con cuatro perras, porque para ver una pachanguita con los Tres Sudamericanos y el coro de la parroquia, mejor te quedas con el original y que te canten ‘Cuando salí de Cuba’.

Los soviéticos democratizaron la ópera a base de rublos, y porque era un ejemplo de obra colectiva, un engranaje perfecto que luego debería reflejarse en la sociedad, todos trabajando como tornillos engrasados sin un mal chirrido, ni una nota más alta que la otra.

Además, eran precios asequibles, no había competencia en otros entretenimientos y la asistencia a los conciertos puntuaba.

Democratizar óperas desde la Diputación de Badajoz se nos antoja mucho más complicado, y por eso el encargado opta por tumbarse a la bartola en su palacete de Elvas, a sólo 20 kilómetros de la capital extremeña, pero a un mundo de distancia de la realidad.

Cuando acabe su mandato, al hermano del presidente Sánchez le preguntarán si democratizó muchas óperas en Badajoz y David Azagra deberá reconocer que sólo una, el drama jocoso de Mozart ‘Così fan tutte’ —‘Así hacen todas, o todos’—, homenaje a quienes como él se dedican a democratizar llenándose los bolsillos sin dar palo al agua.

Ignoro si las ansias por democratizar la ópera en Badajoz son mayores que en cualquier otra provincia española, aunque la labor es encomiable y los pacenses tienen que estar encantados de que sus representantes les cuiden hasta el detalle una educación tan exquisita como para apreciar un spinto, para diferenciar la época belcantista del singspiel, y en definitiva, para disfrutar de las coloraturas más espectaculares del género, placeres todos ellos que no tienen precio.

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