La mujer de rojo

Menos mal que ayer se celebraba el 80 aniversario del desembarco de Normandía y los medios de comunicación se inundaban de espíritu europeista, como ocurre cada vez que se cumple una cifra redonda desde la mayor operación militar de la historia, la más trascendente y la más liberadora.

En Omaha, en Caen, en Juno, en los cementerios norteamericano y alemán, en Arromanches-les Bains y en todos aquellos lugares de inconfundible sabor a desembarco estuvimos hace 15 años, cuando se celebraban los 65, para recordar a la lucense Araceli González Carballo y su descabellada aventura al lado de Juan Pujol, alias Garbos, así, en plural, porque eran los dos.

De no ser por Normandía, en 1944 se hablaría más del III Reich que de Europa; y en 2024, se habla más de Begoña. De hecho Europa ha quedado orillada como si mañana se votase la renovación de la directiva de un Anpa y no el europarlamento.

La mujer de rojo es importante, qué duda cabe. Bien sea como el emblema de la corrupción, el begoñismo ilustrado, o como el rubí más preciado en el que reflejar las virtudes de la militante espabilada. Por eso los resultados se leerán en idioma begoño, sí o sí.

Tampoco se puede decir que sea un tema casero. Desde su señalamiento como investigada, o su citación para acudir el 5 de julio, la prensa internacional le ha dedicado cientos, miles de portadas, con gran despliegue fotográfico casi siempre en pareja.

La singularidad del caso está fuera de toda duda y su presencia en el voto de mañana, también. Salvando reinas y regentes, quizá tendríamos que remontarnos a la Beltraneja para encontrar otra mujer de tanto protagonismo político en España, y eso que no está en la política. Le pasa lo mismo que a Lola Flores, que ni canta ni baila, pero hay que ir a verla.

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