Es la jefa

Con O´Donnell en la Presidencia del Gobierno, hace aproximadamente siglo y medio, ya se hablaba de la imperiosa necesidad de desterrar el tráfico de influencias de la vida política para lograr la confianza ciudadana en las instituciones y unas cuantas ventajas más que estaban impedidas por el consabido abuso.

El juez acaba de llamar a Begoña Gómez para que declare como investigada el 5 de julio —un mes exacto— por “presunta comisión de los delitos de corrupción en el sector privado y tráfico de influencias”.

Desde que El Contemporáneo de Albareda reclama la lucha contra el tráfico hasta hoy, ninguna esposa de ningún presidente, s.e.u.o., estuvo judicialmente tan cerca del delito, lo cual no quiere decir que otras no lo cometiesen de hoz y coz.

Es decir, las recomendaciones de Albareda, lejos de dar sus frutos, no han hecho más que consolidar las malas prácticas hasta el descaro tan clamoroso que se adivina en la conducta de la investigada.

Bastaría leer su email —”bego.fundraiser” (Bego. Conseguidora de fondos)— para darse cuenta de que nada bueno podía cocerse bajo ese toldo. Es como si un sicario internacional se hiciese imprimir unas tarjetas de visita con este texto: “Emerencio Trepanoski. Se mata por encargo”.

Dice su marido que impedírselo es tanto como mandarla a casa y con la pata quebrada. Pobrecita mía. Nació con vocación de conseguidora. Desde niña ya jugaba con sus amiguitas a conseguir que los padres las llevasen al cine, y así hasta hoy.

De haberse casado con Florentino estaría al frente de la reventa de entradas en el Bernabéu, y si a alguien se le ocurriese afeárselo, diría su marido:

¿Y qué queréis? ¿Que se quede en casa viendo el Madrid-Borussia por la tele?

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