Un Fausto moderno

Nunca me gustó escribir sobre Pedro Sánchez en domingo. Es un sentimiento parecido al que experimentan los creyentes y practicantes de la doctrina sobre la prohibición de comer carne los viernes de abstinencia, un sacrificio que los vegetarianos y veganos han extendido a todos los días del año, de tal modo que los extremos se vuelven a tocar.

Me falta por concretar si esa sensación de pecado se debe al placer que se obtiene de zaherir a quien tanto nos zahiere, o porque sigue vigente alguna ley ancestral que prohíbe hacer leña del árbol caído en el día del Señor.

Sí, aunque él no lo crea y aunque miles de seguidores lo vean todavía como el faro que marca su deambular político, Sánchez es un árbol caído, incapaz de remontar vuelo ante la historia y cada día más enfangado en su desesperada lucha por flotar.

Cuando en la infancia éramos atacados por algún colega lenguaraz, teníamos a mano una frase tan inocente como contundente: “Quien lo dice lo es y tiene el culo al revés”. A Sánchez el fango le sale por las orejas y así le hemos oído su palabra talismán más de un centenar de veces en las últimas semanas. El culo, que se sepa, lo mantiene a popa.

Nadie más que él tiene la culpa de haberse quemado tan pronto y a nadie, fuera de sus propios límites, debe culpar de que su caudal político, grande o pequeño, sea hoy incompatible con el futuro.

Este Fausto moderno no vendió su alma a un Mefistófeles, sino a varios, y esos negocios sabemos de antiguo que traen como consecuencia un éxito deslumbrante, seguido de un prolapso irremediable, que es el iniciado por el presidente.

Alrededor tiene faustitos pequeños, dispuestos a proponer leyes de censura que lo protejan, pero el adversario ya no es el mismo que antes. Ahora el enemigo también es el propio Mefistófeles.

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