Autopista hacia el cielo

Es el momento de ser optimistas. Merece la pena recordar a aquel empresario, cierto o imaginario, que en pleno crack se dirige a su Junta General de Accionistas para insuflarles esperanza, fe y confianza con las siguientes palabras: Señores, soy portador de buenas noticias, estamos tan rematadamente mal, que en el futuro jamás nos podrá ir peor.

La ley de amnistía nos ha puesto delante del espejo para ver la verdadera cara de un país de circo en el peor sentido de la palabra, con los papeles cambiados y con unos espectadores que han pagado y siguen haciéndolo para sufrir las dos horas que dura el espectáculo. Se inicia con un número de escapismo, en el que la familia Pujol, que ha robado lo que no está en los escritos, se libra de toda culpa porque a un señor le faltan siete votos, a mayores de los que suple con millones pagados a paladas del erario y con una amnesia de pez.

El director de pista es el encargado de despistar, mientras su mujer se dedica a sus negocios, su hermano, que iba para director de la orquesta, entra en la taquilla con los bolsillos abiertos; los equilibristas se caen, los payasos hacen llorar y del hombre forzudo nos reímos a borbotones porque no levanta ni dolor de cabeza.

El panorama es inédito e inimaginable. Algo hicieron mal los venerables padres de la Constitución para que hoy sea burlada con tanta facilidad y sin que ningún resorte lo impida. Dejemos esta última puerta abierta, por si sucede un cambio de programa y al final aplaudimos a rabiar.

El indulto se justificó como la vía política para la solución de un conflicto; la amnistía, como el camino para la concordia, ¿que nueva engañifa estarán preparando para el referéndum? ¿Dirán que es la autopista hacia el cielo?

¿Y cómo convencerán a los socialistas catalanes para que hagan presidente a Puigdemont? ¿A veces hay que perder una batalla para ganar la guerra? Por labia que no sea.

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