Volver a empezar

La pregunta a los acampados en muy sencilla.

De no vivir donde lo hace, ¿qué destino habría preferido para su existencia? ¿Sufrir el integrismo y la miseria de Hamás, o disfrutar de la próspera y democrática sociedad judía?

Hasta los palestinos, a los que les quede libertad para decidir, saben que Israel es una organización social envidiable y Hamás es una mierda.

Israel tiene todo el derecho del mundo a defenderse de Hamás, pero no tiene ni el más mínimo de atacar a los palestinos. La dicotomía es difícil de ejecutar, pero fácil de entender.

Todo lo contrario que las protestas que se generalizan contra Israel. Son fáciles de llevar a cabo, pero de difícil comprensión, salvo que la opinión de los estudiantes esté manipulada hasta el punto de hacerles ver una realidad falseada.

Y en medio de los dos frentes, pagando el precio de los desacuerdos humanos, como siempre ocurre, el pueblo palestino, condenado hasta ahora, a la indefensión exterior y a la tiranía interna.

¿Derecho a un estado? Sí, por supuesto; pero los estados no son regalos que se conceden en una ventanilla donde se hace cola para conseguirlos, ni fruto de entusiastas campistas universitarios, sino conquistas a base de unidad y sensatez, dos condiciones que hoy son de intenso brillo por su ausencia.

Dentro de las dificultades históricas que el conflicto arrastra se unen bandadas de manifestantes acampadores que parten del mismo error primigenio que lo origina. Yo, y sólo yo, tengo razón.

No parece que sea de gran ayuda sembrar los campos de más y más poseedores de la única verdad, cuando sabemos de antemano que no la tienen, porque dársela a unos es tan meritorio como dársela al otro bando. Es decir, volver a empezar.

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