El chocolate del loro

Me encanta pagar impuestos para que se hagan autovías. Lo que ya no me gusta tanto es volver a soltar la mosca por usarlas. La verdad es que no debería sorprenderme tanto que se implante ese nuevo tributo porque la fiscalidad moderna se basa en idear sistemas que permitan cobrar varias veces por lo mismo al ciudadano y a las empresas.

La perfección se alcanza cuando, además de cobrártelos, no te enteras, es decir, crees que son conceptos distintos. El conceto, que decía Manquiña.

Pero llega un día en el que se hace público el presupuesto anual de catering para los cinco Falcon del 45 Grupo de las Fuerzas Armadas a disposición de los 26 miembros del establishment que, por lo visto, tienen derecho a usarlos, y entonces te explicas todo, porque ni la lubina salvaje, ni el jamón ibérico, ni las ocho marcas de whisky, ron y ginebra que surten sus bodegas se pagan con impuestos ajustados, ni cuelgan de los árboles de la Dehesa de la Villa, al ladito de Moncloa.

Se necesita mucho cuajo, mucha hambre y mucho gusto por el lujo para subir el catering de los Falcon un 66,6 por ciento de un año para otro hasta situarlo en dos millones de euros, sin contar el resto de gastos que ocasiona cualquier desplazamiento.

¿Es el chocolate del loro? Por supuesto que sí. Es la factura que nos detallan con pública notoriedad para que la critiquemos un ratito y los dejemos tranquilos el resto de la legislatura, cuando ellos aprovechan para ver la forma de que apoquinemos impuestos que ya estamos pagando.

El aumento de la presión fiscal bajo Sánchez no es discutible y el aumento del chocolate del loro, tampoco. Si llega o no llega al 50 por ciento de los sueldos es entretenimiento para sanchistas y hartistas —los que están hartos— que no nos conmueve, pero con lubinas salvajes de por medio mal nos pueden convencer sobre austeridad.

Comenta