Diplomático último modelo

Seguro que en las barras de los bares se han hecho chistes sin cuento y especulaciones sin tasa sobre los pelos de Milei, sobre lo que consume o deja de consumir. Son las prebendas del pueblo llano sobre los poderosos, los suyos y los ajenos.

Cuando sale Maduro a piar es una garantía de chanza. Gana a Chávez por la mano y miren que el monaguillo de Sabaneta daba juego.

Pero todo eso se admite en la grosera privacidad de un bar, sin cámaras delante y sin que el chistoso de turno tenga la categoría de ministro, o sea, de representante de la nación.

Parece que a Óscar Puente lo ha puesto el Ayuntamiento de faltón municipal, y donde dice Ayuntamiento, léase Moncloa. De lo contrario, después de la que armó con Milei, ya debería estar más que cesado, pero claro, habiendo tantos ministros con esos méritos, unha perna tapa a outra.

A nadie se le escapa que las alegrías del ministro español alcanzan al barrendero del peronismo, pero no se le ocurre tocar un pelo al heredero del chavismo. Seguiría siendo un grosero y un irresponsable, pero al menos demostraría que no le mueve la ideología, sino el chiste de barra y madrugada, venga de donde venga.

De Puente se puede decir lo de la abuela que se pone de parto cuando éramos pocos. A un ministro no se le paga para que nos meta en berenjenales, sino para que nos saque de ellos, pero tiene razón Milei. Su jefe está tan cercado por los problemas de corrupción que incluso agradece cuando alguno de los suyos prende incendios paralelos, que si Israel, que si los toros, que si Milei.

Todo vale con tal de difuminar el ambiente. Hasta la chabacanería de Puente, a la que los periódicos le hacemos el favor de elevarla de categoría para referirnos a ella con un pomposo “conflicto diplomático”, cuando no pasa de ser una ordinariez.

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