Trastorno

Una forma de dividir a la humanidad es colocar en un lado a los que sienten repugnancia ante la coprofagia —la ingesta de los excrementos propios o ajenos— y al otro, a los que encuentran en ello un placer erótico y sublime.

Creo que la línea se podría trazar con notable nitidez y que pocos quedarían a medio camino entre un grupo y el otro. “Hombre, a veces los pruebo”.

Perdonen ustedes si pertenecen al bando de la repugnancia y la están sintiendo, pero es que a raíz del caso de Illescas, donde el concejal de Juventud, Infancia y Familia ha dimitido —o lo cesaron— tras descubrirse sus aficiones coprófagas y su inclinación hacia otras parafilias, han saltado a la palestra algunos progres de pacotilla en defensa de su conducta, quizá porque es del PSOE, pues si de VOX o el PP se tratase, lo iba a defender su pastelera madre.

Defensa sí, pero conviene recordar a Lorena Berdún, una de las más activas, que de inocencia nada, monada. Que las parafilias, y entre ellas la que nos ocupa, se consideran trastornos, aún sin necesidad de que nadie sufra ni se angustie por ello. Así nos encontramos con los trastornos parafílicos voyeurista, exhibicionista, frotista, masoquista, de sadismo sexual, pedófilo, fetichista y travestista.

Que el sujeto en cuestión hubiese sido responsabilizado de Juventud, Infancia y Familia no es un detalle menor; y aunque al pobre rapaz no hay que crucificarlo en la Plaza del Escarnio Público, tampoco parece lo oportuno para la salud de los más jóvenes y de las familias tener al frente de sus asuntos a un trastornado. Que si James Joyce o Dalí, o Divine degustaron o no esos manjares ni justifica, ni acrecienta, ni aminora la decisión de prescindir del coprófago para asuntos de la municipalidad, aunque en ellos siempre hay que tragarse algún marrón.

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