Cero absoluto

En palabras de la ONU, estamos a las puertas de un “conflicto devastador a gran escala”.

No sé si la frase es un eufemismo de III Guerra Mundial, o ésta lo es de aquélla, pero en cualquier caso, nadie se corta en añadirle chorizo al caldo. De tanto insistir en ello acabarán teniendo razón.

También los hay que gustan de afirmar que llevamos años en la III, pero que el frente es distinto a los que hubo en la I y en la II. Me lo creo. Basta la vista gorda para ver que la paz es un concepto deseable y lejano.

La novedad, si alguna hubiese, es la duda sobre el bando al que España pertenece y qué uniforme nos darán a los reservistas de más de 70. Un país miembro de la OTAN, con marchamo de demócrata y vocación occidental desde antes de descubrir América, no debería ni plantearse con qué tipo de socios no se puede ir de campamento, pero gobierna Sánchez y el tipo sólo funciona movido por sus intereses personales, como ha demostrado hasta la saciedad.

Tanto es así que podríamos izar bandera con unos y pasar retreta con los contrarios, dicho todo ello con los más ardientes deseos de que nada de ello sea necesario.

El ministro israelí Amichai Chikli lo ha definido como “cero absoluto”, que es exactamente lo más alarmista que se puede pensar de alguien tan poco fiable. El cero absoluto garantiza que el aire que venga no va a encontrar resistencia, porque en el cero cabe la nada, y nada más.

El cero fue la Francia de Vichy cuando Hitler se asomó a la tour Eiffel; el cero es el protagonista del poema de Martin Niemöller, “vinieron a por los judíos, y yo no dije nada…”, que algunos todavía atribuyen a Brecht, sin duda porque es su estilo.

El cero absoluto es el peligro absoluto, porque ya dice Edmund Burke que “lo único necesario para que triunfe el mal es que los hombres buenos no hagan nada”.

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