¿Arde Rabat?

La política internacional de nuestros representantes, así como la actitud de algunos congresistas nos están deparando días de gloria.
Resulta prácticamente impagable disponer de un ministro de Asuntos Exteriores que comparte las tesis de quien amenaza a su jefe de Estado, de acuerdo con el apriorismo que establece: “Cada uno defiende lo suyo”. Cada uno, menos él, que defiende las de los demás.
Produce una inmensa satisfacción apoquinar los impuestos sabiendo que parte de ellos van a servir para que el portavoz en el Congreso de ERC se carcajee del mismo jefe de Estado con pésimos chistes sobre SS. MM. los Reyes Magos de Oriente. Aunque a decir verdad, de ser más gracioso tampoco evitaría su desprecio al pueblo que sirve.
Palmas estentóreas se han arrancado los contribuyentes, utilizando para ello las orejas a manera de crótalos, después de escuchar que su secretario de Estado de Asuntos Exteriores se refiere a Ceuta y Melilla como dos calcos gemelos de Gibraltar, que define la Marcha Verde como la gesta que permitió a Marruecos recuperar sus provincias del sur, y que alude a la Cañada Real, como un motivo de preocupación para el monarca, pues allí viven varios compatriotas suyos. Como si le preocupasen mucho los que tiene dentro.
Ebrios de gozo y exultantes de orgullo se han manifestado los alumnos en prácticas de la Escuela Diplomática al comprobar que algún día ellos también podrán rescatar a cuanta azafata española caiga víctima inocente de algún país remoto… sin necesidad de abandonar sus lujosas mansiones de La Moraleja o de los magníficos consulados que España tiene mundo adelante. Podrán hacerlo con comodidad porque la Escuela ya les ha facilitado el número del teléfono rojo del Elíseo. Y el del móvil, por si pillan a monsieur le president de razzia nocturna sobre Jartum.
En fin, que fuera de nuestras fronteras también nos lucimos. ¿Arde Rabat?

4 Comentarios a “¿Arde Rabat?”

  1. jabato

    Considero que José María Aznar fue, en líneas generales, un buen Presidente del Gobierno de España. Creo que cometió muchos errores, como cualquier gobernante, especialmente en su segunda legislatura, donde se alejó del sentir popular y quizá se endiosó de forma indebida.

    Pero considero también que, por encima de sus errores, tenía algunas ideas claras, y una de ellas era la relativa a devolver a España un papel en la escena internacional que no había tenido en los últimos 200 años.

    Desde la Guerra de la Independencia, España ha sido una completa nulidad a nivel internacional, tanto durante las Monarquías del Siglo XIX y la I República, como durante la Restauración, la II República y el franquismo.

    Tal vez la situación existente en 1978 aconsejara mantener el perfil bajo de nuestra política exterior (había cosas más importantes de qué preocuparse), pero está claro que tal situación tampoco podía mantenerse indefinidamente, ya que no parece muy congruente ser la octava economía del mundo y tener un peso político por debajo del puesto cien.

    Aznar intentó, por primera vez, que este país se integrara en el grupo de las naciones que deciden a nivel internacional. Para conseguirlo, lógicamente, había que romper ciertos tabúes (el antiamericanismo tradicional en este país, heredado de la dictadura y hecho suyo por la izquierda, la anglofobia que también arrastramos desde hace siglos, etc.).

    Tal vez, en ese camino, tocó algunas teclas que no debía oprimir, y algunos entendieron que la entrada de España en los círculos de decisión con una potencia política acorde con su posición económica podría alterar el “statu quo” imperante desde el pasado siglo.

    Podrían molestarse algunos vecinos del Norte, al desplazarse el peso de las decisiones hacia el Sur de Europa, y podrían incomodarse, desde luego, algunos colindantes del Sur, para quienes una España fuerte en el plano internacional supone un grave problema para múltiples de sus aspiraciones (situación no resuelta del Sáhara Occidental, reivindicaciones sobre Ceuta y Melilla).

    En alguna parte, en algún momento, se decidió que la política exterior del Gobierno de Aznar no podía continuar por tales derroteros. Había demasiados intereses en juego.

    En alguna parte, en algún momento, ignoro si en fue en una montaña lejana o en un desierto cercano, alguien acordó que aquéllo no podía continuar, y que había que pararlo “como fuera”.

    Dicho y hecho, con óptimos resultados: se forzó el cambio de gobierno por medio de los luctuosos acontecimientos del 11-M, e inmediatamente la operación produjo los resultados buscados: España ha vuelto, diplomáticamente, hablando, al limbo. En cuatro años se ha pulverizado toda nuestra política exterior, y no sólo lo levantado por Aznar, sino también casi todo lo realizado por los Gobiernos de Felipe González. Y así nos va.

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