El desencuentro

La morfina

Santiago Rusiñol se evadía de su realidad _ mitad del XIX, mitad del XX _, arreándose picotazos de morfina que lo transportaban a los paraísos artificiales, solo o en compañía de otros. Cuando regresa del viaje, escribe o pinta; las dos cosas con gran acierto, gracias a lo cual todavía hablamos de él.

Una de sus obras la titula así, La morfina, y el público pasa años discutiendo si su modelo está en el lecho del dolor mitigándolo con la droga, o en el del placer, acrecentándolo con ella. Hoy ya hay coincidencia en pensar que la intención de Rusiñol es la segunda.

El pintor y escritor catalanista fue un bohemio gracias a sus posibles de origen familiar, y en consecuencia, un irónico descreído, un consumado diletante y un enemigo acérrimo de proyectos comunitarios, como Berlanga. Ayer lo recordamos por una de las múltiples reflexiones que deja en sus obras como píldoras que atacan la vulgaridad y otros males de los que él huye por vía intravenosa, lo cual no significa que valga como recomendación, ni mucho menos.

Llega a decir que cuando el hombre pide justicia, lo que quiere en realidad es que le den la razón; frase brillante y pelín falaz, que estos días encontrará enemigos por doquier. En todas las grandes decisiones de la justicia, aquéllas que alcanzan los titulares de mayor cuerpo _ ahora solo pienso en clave Parot y Prestige _, se produce un desencuentro con amplias capas sociales, convencidas de que no puede ser así, de que el asesino no puede salir de rositas, ni el contaminador puede escapar sin pagar indemnizaciones. Nos lo dicta el sentido común, pero seguramente no es el mejor de los sentidos.

Por eso Rusiñol, cuando vuelve de sus viajes delicuescentes, se toma a risa nuestra idea de justicia.

2 Comentarios a “El desencuentro”

  1. MIRANDA

    Me parece que OHbama te ha infiltrado un hacker, Boss.
    Desaparecen los comentarios horas después de estar colgados.

  2. MIRANDA

    El hacker de Ohbama sigue operativo y los comentarios siguen desapareciendo, Boss.

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