Escape radiactivo

Había una vez dos magistrados del Tribunal Constitucional que vivían contaminados al lado de sus compañeros, que a su vez eran espíritus puros y almas cándidas…
Así comienza el cuento chino que ha escrito el Gobierno para este tramo final de lo que llamamos legislatura, por llamarle algo. A través de un sencillo relato, que a veces recuerda pasajes de El patito feo, y en otras se sumerge en la complejidad de Las siete cabritillas y el lobo, el autor nos describe la idílica existencia de diez magistrados y su presidenta que ajenos a cualquier tipo de vinculación o presión política desarrollan sus altos cometidos libres y felices, entonando cánticos y loas a la madre naturaleza cuando no tienen sobre la mesa ningún estatuto de Cataluña sobre el que pronunciar su inmaculado dictamen.
Pero la placidez de su existencia va a verse truncada un aciago día en el que les remiten un texto que huele a inconstitucional que tira para atrás.
A la presidenta de los magistrados se le ve charlar con la vicepresidenta del Gobierno en la tribuna mientras se celebra una fiesta, la nacional, a la que también acude el príncipe, aunque no dice nada. Por los ademanes y por los movimientos de los labios se adivina que el horno no está para bollos y los plebeyos comentan: Aquí va a pasar algo gordo.
Días más tarde, aprovechando que el presidente de todos ellos hace una pública declaración sobre la ausencia de crispacidaz de su persona, el Gobierno descubre que dos de esos magistrados ¡están contaminados! El pueblo se lacera las carnes, el velo del templo se rasga de arriba abajo y las mujeres ululan desde las ventanas a la manera bereber. ¿Cómo se habrán podido contaminar con el exquisito cuidado que hemos tenido a la hora de separar los poderes Ejecutivo y Judicial?
Pues sí. Habrá sido en un descuido, pero se han contaminado de pies a cabeza, no como los otros ocho, que permanecen limpios como los churros del loro.
Como cuento no tiene desperdicio.

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