Noche de tele

Si usted introduce las palabras “Juan Carlos” en el buscador de la web del diario Avui no obtendrá ninguna noticia relacionada con el Rey. Por el contrario, si lo busca como “Joan Carles”, verá que desfilan ante sus ojos las últimas apariciones públicas del jefe del Estado. Eso quiere decir que el Rey tiene menos privilegios que Carod, pues él no puede repetir con orgullo paleto: “Yo me llamo Juan Carlos, aquí y en la China”.
Suponemos que al monarca no sólo no le importará que lo traduzcan como Joan Carlos, Jon Xarles, Xoan Carliños o Joannes Carolus, sino que hasta le gustará verse con las grafías de los distintos idiomas españoles. Ayer supimos que a Carod sí le importa y que se pone muy bravo si le tocas el nombre, lo cual sólo nos permite achacarlo a un complejo de inferioridad.
Por lo demás, su paso por TvE confirmó cosas sabidas, como es su patética insistencia en creer que las cosas han de ser, no como son, sino como a él le parezcan, incluido el apropiarse los méritos por el descenso de la actividad terrorista de ETA. Vamos, que no tiene abuela.
En el mismo programa Llamazares se lució hasta donde pudo, es decir, poco, y Durán estuvo sensato y racionalista.
La noche se completaba con otros atractivos televisivos de supuesta enjundia como era el regreso de la Campos con Felipe González de gancho, pero poco bueno se puede decir sobre sus resultados. La mezcla de marujeo y política resultó un fiasco morrocotudo, que sin duda ha de acelerar serios correctivos por parte de la cadena, si pretende que la fórmula llegue viva a noviembre.
Durante toda su emisión nos imaginábamos a Felipe y a Alfonso en sus respectivos domicilios, sin saber dónde meterse hasta que pasara el bochorno. Y mira que los pusieron por las nubes, pero eso de ver en un printer que a continuación descubriríamos si el expresidente había tenido piojos o caspa superó todas las expectativas.
Roberto Arce le ganó por la mano. Al menos en interés.

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