El olvido nazi

El macarrismo, la zafiedad ignorante y el fascismo galopante que destilan las declaraciones de ciertos políticos catalanes no encuentran parangón en ninguna otra autonomía, por mucho que se discuta en ellas la forma de Estado más conveniente para España. Es como si hubieran recibido santa licencia para ser los más imbéciles del globo terráqueo y el resto nos viésemos en la obligación de reír sus ocurrencias paletas y sus insultos trasnochados, aderezados ambos de manifiesta ilegalidad. Ésos no ganan el juicio de la historia ni con recomendación.
Los conceptos patrimonialistas y excluyentes sobre la lengua de la Generalitat _ que no sólo de Carod _, carecen del más mínimo sustento intelectual, como puede comprobar cualquier lector medio. Forman parte, eso sí, de un programa político de adoctrinamiento, que con la experiencia del siglo XXI se puede tildar, sin miedo al riesgo, de fascismo.
Fascismo uniformador, racista e intolerante que justifica la utilización de la violencia con las mismas razones que nublaron las entendederas de los camisas pardas y les hicieron cometer atrocidades sin cuento. El programa político lo justificaba todo, como en el amor, que todo vale.
Que esto sea así no pasaría de anecdótico si la sociedad que recibe esos mensajes se los toma a pitorreo, les hace cuatro chistes y sigue a lo suyo. Lo verdaderamente grave es que las memeces proferidas con el fin de alentar ese fascismo son tomadas en consideración e inundan los titulares de las secciones políticas o de opinión, como esta columna demuestra a diario. ¿Tan lejos queda el horror como para olvidarlo? ¿Tan lejos quedan los tiempos en los que las tentaciones por los nacionalismos nos arrastraron a la cúspide de la violencia?
Hubo un tiempo, ustedes lo recordarán, en el que la humanidad parecía haberse juramentado para que estas cosas sólo se volviesen a leer en los tratados de historia. Bueno, pues hoy están en los titulares de la prensa.

Comenta