El patio de Monipodio

Hasta la ciudadanía llegan ecos de la preocupación existente en la Zarzuela por los ataques al Rey, a España y a su unidad. No parece que la filtración suponga una revelación extraordinaria, pues lo extraordinario sería que no fuese así. En la Zarzuela hay preocupación y en otros muchos lugares también la hay. Es lo mínimo que se espera cuando compruebas que el país donde vives es zarandeado por manos torpes e intereses espurios, poniendo en peligro la estabilidad conseguida sin que se atisbe el puerto a donde supuestamente nos conducen, ni la necesidad de la travesía, ni las ventajas de la pirueta; palabra que, como rabieta, pataleta y puñeta, acaba en -eta.
Ante una eventualidad así, lo que esperábamos era precisamente que las más altas instancias fuesen las últimas en mostrar el menor síntoma de inquietud. Tranquilos, que aquí estamos nosotros, los garantes de los principios constitucionales, que por algo nos prestamos al servicio público y tenemos los instrumentos necesarios para que nadie pueda afearnos la conducta.
Mal empezó la cosa cuando un presidente del Gobierno creyó que había llegado ante un libro abierto de páginas en blanco donde él estaba capacitado para escribir lo que le viniese en gana, aliarse con quien le saliese del píloro, negociar lo que se le había entregado por delegación y dar alas a quienes reducen su ideario a la destrucción de todos los esfuerzos por la convivencia bajo el principio incuestionable de que los Reyes Católicos eran unos capullos y unos fachas.
El resultado es un follón morrocutudo, donde ya es posible escuchar fuego cruzado entre los dos grandes partidos que se dicen constitucionalistas, entre los que se dicen defensores de la Corona y por supuesto, entre todos los demás. Yo convoco un referéndum, yo lo voy preparando y yo, de momento, voy quemando retratos del Rey, porque los que crispan son los que lo denuncian.
Si hay preocupación en la Zarzuela, ¿qué habrá en la Moncloa? ¿Honda satisfacción por el deber cumplido?

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