Lo vamos a oír

La Constitución se aprobó en Cataluña con un 90,4% de los votos emitidos. En el País Vasco el porcentaje fue del 68,7. Lejos de aceptar los resultados y trabajar en la dirección que marcaban, un número indefinido de nacionalistas se propuso de inmediato aprovechar los recursos que ese texto de consenso les otorgaba para cargárselo.
Sus éxitos fueron notables. Desde el primer momento todos los partidos se apuntaron a sus tesis, incluso los que creían de buena fe que estaban tirando del carro en pos de unas mismas metas de cohesión, estabilidad y futuro. Daba la impresión que actuando así se quedaban sin argumentos para llevar el independentismo más allá del marco aprobado por todos, pero ocurrió todo lo contrario. Quienes se quedaron sin argumento fueron los constitucionalistas, llegándose al ridículo de verse prohibidos, insultados, amenazados o muertos allí donde habían colaborado más estrechamente para hacer realidad los resultados del referéndum.
La traición escaló todos los peldaños imaginables sin causar graves preocupaciones, confiados quizás en que la propia Constitución y el Gobierno de turno se encargarían de señalar los límites de la ley que ampara la igualdad y la convivencia.
Pero hete aquí que accede a la Moncloa un presidente cuya noción del Estado, de la historia y de la trascendental misión que se le encomienda es notablemente difusa, confusa y por supuesto, antiUSA.
Y entonces sucede que quienes dedicaron estos últimos treinta años a socavar los resultados del referéndum consideran que su trabajo de zapa _ fíjense qué coincidencia _, ha alcanzado las cotas idóneas para poner al Estado contra las cuerdas. Lo hemos debilitado lo suficiente como para que caiga como fruta madura, una expresión que gusta utilizar el ministro de Justicia.
Ante los órdagos lanzados sólo escuchamos del presidente que lo van a oír a él. ¿Se habrá asustado? ¿Será de verdad su enésima rectificación?

Un comentario a “Lo vamos a oír”

  1. Logan Contrera

    f35 d b 86cn

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