Peligros

Ante todo, calma; mucha calma. La noticia de un ministro zarandeado y golpeado en la madrileña calle Virgen de los Peligros es un borrón en la escritura, no la escritura en sí. Se puede superar el examen si se rectifica; por el contrario, borrón tras borrón certificará el suspenso.
La crispación, o como se llame, encontró en Peligros la prueba de su amenaza, y aunque, por la cuenta que nos trae, todos nos empeñamos en reducir el protagonismo de la zarabanda a un grupo minoritario de exaltados, el incidente no se hubiera producido de no estar arropado por una profunda quiebra de la confianza política que tiene a ZP en el centro de todas las miradas, pues no en vano es el presidente del Gobierno de todos los españoles, un aspecto del mando que flojea desde el instante mismo de su toma de posesión, quizás porque el propio pacto que lo lleva a la Moncloa es de por sí tan espurio que lo incapacita para la magna tarea de abanderar al país en su variopinta diversidad, como el propio presidente gusta reconocer para caer simpático.
Se impone la calma y la reflexión, pero ZP es el principal personaje obligado a practicarlas con su buen talante, no con el talante a secas, pues como decía Gala, talante lo tenemos todos, el caso es que esté bien dirigido y fuertemente fundamentado.
La sensación de que ZP viene gobernando para porciones de España, de que hay Manjones y Alcaraces, de que la Constitución es el pito del sereno y de que los ministerios los reparte un sexador de pollos no justifica comportamientos tabernarios como los de Peligros, pero los fomenta, y si el presidente no toma buena nota de ello estará demostrando que el cargo le viene ancho.
Ahora que ZP tiene por delante cuatro días de gira americana es un buen momento para ver España con la perspectiva exacta de su realidad que hasta ahora no ha demostrado.

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