Violencia oficial

Dicen ser antimonárquicos y de ahí que se citen para quemar juntos unos cuantos retratos del Rey en la nocturnidad, que es cuando mejor salen las llamas en las fotos. Dicen ser catalanistas, de ahí que le envíen a Rivera una carta con una bala clavada entre ceja y ceja, la que aseguran estar dispuestos a dispararle si insiste en hacer la política que cree más conveniente para Cataluña. Dicen no ser demócratas, por eso cuando se cruzan con representantes de otros partidos, lo primero que se les ocurre es hacerles el gesto de rebanar el cuello.
En los sitios donde existe un gobierno _ alguno queda en la Polinesia _, estas actitudes son muy mal vistas, pues deterioran la convivencia, son propias de salvajes y suelen degenerar en una escalada de violencia de consecuencias imprevisibles, como se comprobó durante el siglo finiquitado hace tan sólo siete años.
Sin embargo, en el caso que nos ocupa, los hechos suceden ante la impávida vigilancia, no de uno, sino de dos gobiernos y un Estado, sin que sepamos exactamente a qué se dedican.
Hay quien opina que uno de ellos, el que más cerca queda de los acontecimientos, ni mueve un dedo, ni manda a su policía para que lo haga, por la sencilla razón de estar muy de acuerdo con los salvajes, e incluso alguno de sus representantes _ un tal Xavier Vendrell _, se permite la licencia de ponderar lo mucho y bueno que estos colectivos de las pistolas, las fogatas y el tiro en las rodillas hicieron por la sociedad cuando decían llamarse Terra Lliure. El que recibió el tiro fue Jiménez Losantos, que lo recordará alborozado sin duda.
En cuanto al otro, como anda muy ocupado en arreglar los dientes a media población, esas cosas de la periferia se las deja a sus socios, que bastante hicieron ellos colocando a Montilla en lo más alto del pináculo.
¿Y el Estado? Bueno, hay tres tipos de estados, el sólido, el líquido y el evanescente, que es el que toca ahora.

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