Paréntesis de guerra

Los griegos suspendían las guerras. Basta hacer más larga la Olimpiada

Hoy va a estar toda la prensa llena de aros olímpicos si Madrid es finalmente la sede de los juegos 2020, o de aros de cebolla, si no lo es. Los aros de cebolla son muy ricos y no provocan lágrimas, como sí ocurre cuando se corta, de modo que si hay que llorar, aprovechemos y friamos cebolla.

Como escribimos en las horas previas se mantiene la incertidumbre. Los corresponsales en Buenos Aires dicen que se lucha voto a voto, aunque lo suponemos un tropo, una licencia periodística, porque no veo yo al príncipe Felipe, agarrado al cuello de ese irlandés que no suelta su voto para España ni harto de Moriles Montilla.

_Vote for Madrid! Vote for Madrid!

Siempre se dijo que los países aspirantes derramaban grandes favores sobre los miembros del COI con derecho a voto. Que si los llevaban a comer, que si les hacían llegar paquetitos a sus habitaciones del hotel, que si les cantaban una nana… con lo fácil que sería sobornarlos directamente. Pero en fin, una Olimpiada obtenida mediante unto, cohecho o corrupción, es como si alguien va al cielo porque le pringa a san Pedro con un pastón bajo cuerda.

Una Olimpiada, a diferencia de otras competiciones donde puede ocurrir cualquier convoluto, es un paréntesis entre las guerras, un acontecimiento impoluto, un remanso de paz salvo que en él se cuele un comando palestino y se cargue a media delegación israelita. Pero ese carácter de paréntesis azucarado y fraternal es también su perdición. La Olimpiada dura un mes cada cuatro años. Si el hombre fuera inteligente haría olimpiadas de cuatro años, con paréntesis de un mes para dirimir diferencias. ¿Y por qué no una Olimpiada permanente? Una competición sin solución de continuidad.

Bastaría con cambiarle la sede y la mascota cada poco.

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