Las últimas consecuencias

La libertad de expresión y el derecho a la información y respeto al honor, intimidad y propia imagen son conceptos que los poderes públicos manejan con gran desparpajo y notable laxitud de criterios, de modo que se puedan invocar cuando conviene y olvidar cuando haga falta.
Recientemente recordábamos que a Luis XVI se le conocía como monsieur Veto, por el uso que hacía de sus prerrogativas para determinar cuándo estaba vigente la Constitución y cuándo no. Bueno, pues hoy son numerosas las autoridades españolas que rinden su admiración por el último rey absolutista de Francia y tratan de imitarlo con continuas demostraciones de cinismo relativista.
Ya se comprobó con el sonado episodio de las caricaturas de Mahoma, pero volvemos a toparnos con los mismos casos una y otra vez. La quema de una fotografía del Rey, o incluso unas amenazas de muerte, pueden estar amparadas por la libertad de expresión. Sin embargo, utilizar la imagen del presidente para un anuncio de la compañía aérea Ryanair, lesiona la propia imagen del caballero. Quien defienda la bandera española en Cataluña es un provocador, sin embargo una exposición en la que se muestra a Juan Pablo II recibiendo por detrás, ha de ser aplaudida por la comunidad creyente como una eximia plasmación del arte achilipú.
Para más inri, el collage en cuestión se cuelga dentro de la iglesia de Santa María de Gracia de Ibiza, conocida como L´Hospitalet y cedida por la Iglesia al ayuntamiento para fines culturales. Algo así como si lo de Mahoma con la niña se exhibe en la mezquita de Qubbat al-Sakhra de Jerusalén. Habría que oí entonces a la alcaldesa ibicenca, doña Lourdes Costa, cómo repite el encendido alegato que hoy hace de tan elevada representación: “Defendemos la libertad de expresión y la libertad de creación hasta las últimas consecuencias”. Así nos gusta, doña Lourdes; usted defienda la sodomía del Papa hasta el fondo y la de Mahoma hasta donde le deje la fatwa.

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