El colofón esperado

Cuando de promesas electorales se trata, cuando se anuncia el cheque-bebé o las ayudas para el alquiler de vivienda, cuando se da a conocer el porcentaje del presupuesto que se destina a una u otra comunidad, los políticos eligen con sumo cuidado las palabras a utilizar para que parezca que esas cantidades salen directamente de sus bolsillos, vienen volando por el éter, y se introducen en los nuestros por obra y gracia de su exquisita generosidad.
“Hemos hecho un gran esfuerzo”, se les oye decir. Y siendo comprensible que así lo expresen para atraer nuestra admiración hacia sus egregias figuras, lo que no resulta tan fácil de digerir es que nos lo creamos. Y si encima se trata de vender dos veces la misma derrama, lo justo es que te salgan críticas hasta en tus propias filas.
Críticas o despistes, porque a López Garrido le pareció que el plan-Chacón era un “mínimo reajuste” del plan-Trujillo. Después, cuando se dio cuenta, o le avisaron que no, que era la puñeta en verso, se apresuró a convertir el retoque en una novedad “muy ambiciosa”.
Ahora mismo ni Solbes sabe si va a tener que tirar del superávit, o si puede estar la mar de tranquilo porque no le han desequilibrado el arqueo.
Y es natural. Cuando se enciende la luz verde para que cada ministro salga al mercado persa arrojando monedas de oro como hacía Vassallo de Mandl los días feriados, el resultado previsible es que nadie sepa si al niño se le va a poder empastar la muela, si van a dar más pasta por la abuela, o si Chacón va a regalar unas zapatillas con pasta en las suelas.
Menos mal que en el 2004 ZP se había juramentado para no hacer promesas sociales el año de elecciones, porque de lo contrario tendríamos a Solbes en la UVI, enchufado al pulmón artificial.
En realidad es el colofón que se podía esperar de una legislatura tan intensa y desaforada como una película de Tarantino protagonizada por el López Vázquez y el Alfredo Landa de sus mejores épocas bufas.

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