La dictaburra

Estamos de acuerdo. Las cafradas, insultos, amenazas, intimidaciones y demás muestras de rabia sañuda, realizadas estos últimos días en Cataluña, no son menores, son minoritarias. Sólo faltaría que un pueblo culto, honrado y pacífico como el catalán se hubiera convertido de repente en un catálogo de barrabases encapuchados cual patético remedo de los Caballeros del Ku Klux Klan.
Pero ni por menores, ni por minoritarias, esa misma gente honrada _ qué antiguo suena eso _, admite que el Gobierno español salga a la palestra para minimizarlas, o que el gobierno catalán diga que forman parte de un extraño ejercicio derivado de la libertad de expresión. Las libertades, y la de expresión en grado sumo, son precisamente las que están machacando a conciencia los conventículos que organizan y subvencionan esas puestas en escena para atemorizar a los de allí y engañar a los de aquí, haciéndoles creer que se están armando batallones de maulets contra el invasor.
Lo que la gente honrada quiere es que los gobiernos, los dos, les digan con claridad meridiana que siendo pocos, muchos o regulares, también son unos delincuentes; que los guardias de la porra no les volverán a hacer el corro para que quemen a gusto y que por ese camino no van a aprobar nunca Educación para la Ciudadanía.
Tengan en cuenta que esa gente, además de honrada, es pelín ingenua, pues aún no se ha enterado de que en ambos gobiernos, en el de allí y en el de aquí, han aterrizado personajes con un particular sentido de la ley y la justicia, que negocian con asesinos y que dan por buena la violación sistemática de las normas de convivencia, aunque pertenezcan al Consejo de Ministros. “La ley se incumplió, se incumple y se incumplirá”, dijo en breve el eximio Bermejo. Sólo le faltó añadir “…mientras de mí dependa la Justicia”.
A fuerza de escuchar burradas corremos el riesgo de aceptarlas como normales y siendo éstas tan abundantes quizás estos años se estudien algún día como los de la oprobiosa dictaburra.

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