El experto

Lo ha visto toda España, aunque para ser exactos habría que ceñirse al 31,3%, que fue el share conseguido por la Sexta. Íbamos mal que bien, con ventajas de 9 y rachas de buen juego, pero fue salir la entrevista con ZP y el share se dijo: “Perdemos”.
Ya sé que la modernidad tecnológica, laicista y materialista impide reconocer la existencia del gafe, que además es palabra de origen incierto, mecanismos desconocidos e influencias insospechadas. Pero con todo y eso, a quien el vulgo le endilga la condición de gafe, con ella se queda y con ella ejerce.
La cosa empezó a pintar mal cuando en el descanso, la periodista se dirige al presidente calificándolo de experto en baloncesto, porque lo había jugado en su juventud. Por esa regla de tres, desde que al escolapio Eusebio Millán le da por importar de Cuba el baloncesto, allá por 1920, han lanzado a canasta el 90 por ciento de los españoles escolarizados y ninguno de ellos presume por esa razón de ser un experto. El presidente sí, o por lo menos no lo desmiente, con lo fácil que era: “De experto, nada. Sólo me puse de calzón corto”.
A partir de ahí vino la debacle y el agarrotamiento. Vino la primera ventaja rusa y vino la derrota final por un punto, que es la diferencia preferida de los gafes, la frontera sutil entre el éxito y el fracaso.
El gafe no nace, se hace. Concretamente, lo hacen los demás. Te colocan el sambenito y ya puedes ir repartiendo billetes, que no te apeas de esa condición porque todo lo que salga mal allí donde tú estés se te achacará como la lluvia a las nubes. Y como llueve sobre mojado, quien organice una encuesta sobre tan apasionante cuestión se encontrará con unos resultados sorprendentes, los que ya conocen en su propia carne Kerry, Schröder, Chirac, Prodi, Ségolène, el referéndum comunitario en Francia y la selección española de baloncesto.
Pero no. Hay que desterrar viejas supersticiones. No es un gafe, es un experto defensor de causas perdidas.

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