El recreo tenebroso

En una buena inmersión lingüística lo mínimo que le puede pasar a un ciudadano es que se ahogue. No será como la muerte de Leonardo di Caprio en el Titanic, que el pobrecico se fue al fondo sin decir ni mu. No, en estas otras inmersiones también te vas al fondo, pero puedes decir mu, siempre que lo hagas en la lengua escolar, vehicular y curricular que tengan a bien decidir los que mandan en estas cosas, que no son precisamente los doctos académicos, sino los tontos endémicos.
En Cataluña, que es donde ensayan la avanzadilla de las inmersiones, la Generalitat acaba de establecer un silogismo que nos tumbaría de espaldas si no estuviésemos vacunados de todo tipo de abusos contra el individuo y a favor de la masa amorfa, informe e iletrada.
Dicen así las premisas de ese razonamiento deductivo: El recreo forma parte del horario lectivo. En el horario lectivo se habla catalán. Ergo, la conclusión es que en el recreo los niños deben expresarse en catalán. Da lo mismo la chorrada que se le ocurra al infante, siempre que sea una chorrada autóctona. ¡La de soplones, chivatos y malashierbas que florecerán en ese ambiente tan distendido!
_¿Sales al recreo?
_No, prefiero quedarme en clase por si se me escapa un ¡Ala, Madrid!
Es de suponer que el descubrimiento habrá llenado de gozo a sus autores, porque basta estirarlo a los horarios laborales y a los de esparcimiento para mandar a la cárcel a cualquier turista despistado que se le ocurra preguntar por las Ramblas en correcto castellano, idioma por lo demás, tan cooficial como el catalán, según la redacción del polémico estatuto de 2006, donde se lee: “De acuerdo con lo dispuesto en el artículo 32, no puede haber discriminación por el uso de una u otra lengua”.
Es decir, que la Generalitat ni siquiera es capaz de cumplir el texto que con tanto ahínco quiere ver reconocido. Nada extraño en un panorama donde los dirigentes admiten que la ley “hay que cumplirla lo más posible”. Sólo.

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