Amor al Estado

De los 50.000 turistas que entren por La Jonquera y reciban un abanico que al abrirlo dice Catalonia is not Spain, habrá un porcentaje que se lo crea, otros que se rían perplejos y dubitativos, y un tercer grupo que lo interpreten correctamente como la propaganda de unos nacionalistas que expresan de ese modo sus ansias por desgajarse. En Galicia y el País Vasco, por lo menos, los visitantes también pueden tropezarse con pintadas de idéntico contenido, fruto del arrebatado amor que determinadas personas sienten por la figura del jefe del Estado, pues viéndolo tan sublime y cariñoso, darían su vida por tener uno propio, cerca de sus domicilios, para rendirle a diario muestras de afecto y admiración, arrojándole a su paso pétalos, sépalos, estambres y pistilos.
El mismo, o parecido afecto, sienten estos individuos por las Fuerzas Armadas, a las que vitorearían de buen grado el día de su fiesta, cuando desfilen marciales por las grandes avenidas. Juntos festejarían que resultaran vencedoras de mil batallas a las que no asistieron.
¿Y qué decir del entusiasmo que despiertan los funcionarios de Hacienda, tan cumplidores ellos con los plazos recaudatorios? O del insigne cuerpo que forman esos seres impagables, dedicados por completo al correcto funcionamiento de fronteras y aduanas. Qué maravilla ascender por Herrerías y La Faba para encontrarse arriba, en O Cebreiro, una caseta fronteriza con metralletas y todo.
Los peregrinos al Finis Terrae no sólo regresarán con la Compostelana repleta de sellos de caucho, sino que también su pasaporte lucirá visas y estampaciones por doquier. Cuando el amigo le pregunte por dónde ha transcurrido su derrota, no se limitará a decir que por España, sino que podrá alargar su respuesta más allá de un cuarto de hora, describiendo con detalle los trajes nacionales, los platos nacionales y las naciones nacionales que ha conocido.
Si eso no es fomentar la convivencia y el entendimiento, ¿qué otra cosa puede ser?

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