La muerte de Miracle

Le pregunto a un biólogo que tengo a mano si estos tiburones del Mediterráneo como el que apareció en Tarragona atacan al hombre y me contesta que no, aunque claro, también una gallina la puede emprender a picotazos contra la granjera si tiene un mal día, o si no le sale el huevo.
De modo que ya tenemos la tontería armada. Aparece el escualo _ un tiburón trozo, o jaquetón de Milberto, que para mayor inri es especie amenazada de extinción _, y se monta un guirigay tremendo prohibiendo el baño y alarmando al personal como si estuvieran viviendo Tiburón VIII. ¿Qué pasa, que en el mar sólo tienen derecho a nadar las merluzas? A Paco Umbral le habría gustado escribir sobre el caso de las bañistas despavoridas.
Segunda tontería. Se organiza la caza y captura del bicho, que al decir de los más enterados ha llegado hasta allí por culpa del cambio climático y que por las mismas causas le van a salir patas y se va a pasear por las terrazas mordisco va, mordisco viene.
¡Ala! ¡Al Acuario de cabeza para que aprenda a ser bueno y quedarse a 15 millas de la costa! Pero hete aquí que en el Acuario descubren que el escualo está malito. Que se ha tragado algo y que la captura le ha producido un estrés que pa qué. En consecuencia con el cuadro clínico _ anzuelo en el esófago _, a Miracle, tal como se le humaniza bautizándolo así, se le aplican terapias respiratorias y se le mantiene con vida artificialmente. La población sigue la evolución de su estado con la angustia contenida.
Finalmente, Miracle muere y la ira se vuelve contra los atuneros y tiburoneros que usan esos anzuelos tan gordos y tan dañinos. ¡Fíjate tú, además era de una especie amenazada de extinción! ¡Pobrecillos tiburones!
¿Pero no habíamos quedado en que eran peligrosísimos y que alteraban el baño y el solaz de los turistas?
Así no hay forma de conservar la fauna. Al próximo tiburón que merodee por la costa, le damos diez euros y que se compre él lo que quiera.

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