El interés de la gente

Una de las falacias que mejor cuelan, pues nadie parece cuestionarla cuando se escucha, es aquélla que recomienda a los políticos “preocuparse de los temas que interesan a la gente”.
Se suele esgrimir cuando se tratan asuntos de moralidad o ideología, de cierta elevación o abiertamente filosóficos. “Eso no le interesa a la gente”, explota ante quienes los exponen como un desinhibidor de frecuencias que cortocircuita la reflexión. Y como el bombazo se queda corto sin ejemplos, el siguiente paso es dártelos para que sepas por dónde van los tiros.
Entonces te enteras que de que lo interesante es el precio de la vivienda, el precio de los garbanzos y el precio de las hipotecas, es decir, el parné y lo que conlleva, las infraestructuras, el peralte de las carreteras y las obras de saneamiento y alcantarillado. Sólo falta el pato Donald, que también debe interesar mucho, porque permanece la tira de años en la cresta de la ola hablando sin que nadie le entienda.
Y siendo comprensible que todos esos asuntos acaparen las preocupaciones “de la gente” _ que no de los filósofos _, y entren de lleno en el quehacer diario de nuestros amables administradores, mal negocio haríamos si confiamos el país a quienes sólo vean dinero por delante y por detrás; pues a lo mejor les da por vendérselo al vecino y presumir encantados: “Mirad cuánta pasta he sacado”.
Sucede además que a esa misma gente le sienta como una patada en las partes blandas cuando conoce que alguno de sus bienqueridos representantes ha metido la mano en la caja o se ha llevado un pellizco en concepto de mordida. ¡Caramba! ¡Qué sorpresa! ¿No decían que la moral se la refanfinflaba? Que en asuntos de cabeza y de mucho pensamiento el pueblo pasa de largo, y se inquieta solamente cuando sube la gasofa y cuando no tiene un colegio a la puerta de su casa. ¿A qué escandalizarse si el edil es pelín chorizo o los dedos se le hacen huéspedes ante tanto billetaje?

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