La osadía

Sólo al amparo de una profunda ignorancia, bien aderezada de indisimulable soberbia y grandes dosis de manipulación, puede entenderse la pasividad con la que se acogen la mayoría de las osadas iniciativas de carácter cultural, emanadas desde los distintos poderes y encaminadas a la instauración de férreas dictaduras donde los marchamos de calidad y ortodoxia se expendan única y exclusivamente a partir de los criterios al uso de los diversos nacionalismos.
La cultura en sí misma llega a ser digna de desprecio, si no va acompañada del correspondiente añadido político, de forma que todos los criterios aplicables se reducen a encuadrarla dentro de los fachas _ que son los que se oponen a este estado de cosas _, y los sumisos, que son todos los demás.
En muy breve espacio de tiempo, gracias a la puesta en funcionamiento de múltiples maquinarias propagandísticas, se ha logrado dar carta de naturaleza a un principio según el cual todo lo que contribuya a marcar diferencias será bueno y todo lo que recuerde el nacionalismo español será deleznable.
Tal ha sido el éxito de la operación que prácticamente no existen partidos capaces de sustraerse a sus influjos y los tres llamados nacionales ya no se diferencian de los otros, salvo a la hora de pronunciarse con claridad a favor de la independencia de sus respectivos territorios; pero en muchas ocasiones, como ocurre de manera más visible en el caso de los socialistas, su política de alianzas lo convierte de facto en el principal impulsor de cualquier cosa, menos de aquéllo que se sospeche mínimamente en contra del axioma citado.
Pero como quiera que los principios rectores son todavía los constitucionales, la carrera por burlarlos deja en la cuneta más irregularidades que las protagonizadas en los roces entre Alonso y Hamilton, mientras el espectador se pregunta si él también está facultado para inflar de patadas el reglamento, que es lo que de verdad apetece.

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