El pasado no interesa

Crece el número de hijos que pegan a sus padres. Hasta junio de este año se han interpuesto cerca de 3.500 denuncias, que a buen seguro sólo son la punta de un iceberg sumergido por la vergüenza que cualquier padre siente al reconocerse afectado por una situación así antes de tomar camino de la comisaría para decir que su hijo/a es un/a malnacido/a .
Los especialistas hablan de falta de autoridad en la escuela, de falta de familia en la familia y de falta de todo en todo. No es difícil acertar en las causas, porque en este caso ocurre como con las bandadas de codornices; a cualquier lado que apuntes, das en el clavo por muchas veces que dispares.
Quizás porque son muchas y no caben en la información, los especialistas nada dicen del miserable pasteleo que desde las más altas instancias, hasta las más bajas, se mantiene últimamente con los que se dedican a la violencia profesional, con los que aquilatan su rentabilidad en términos políticos, con los que luchan por aniquilar el pasado, y con los ambiguos que racanean a la hora de la condena.
Eso lo perciben hasta los niños de teta e influye en ellos con más nefastas influencias que doce horas seguidas de Shin Chan.
La violencia a la que nos referimos no es la bomba en el tren, ni el tiro en la nuca, que a eso cabría llamarlo con palabras más gruesas; sino a toda esa complacencia en ganar por encima de lo que sea, en burlarse del bondadoso, en utilizar el lenguaje más soez nada más despertarse, y por supuesto, en despreciar todo cuanto tenga más edad que uno mismo, creyendo que el mundo comenzó cuando la comadrona dijo esa vulgaridad de: “Es niño”.
Si alguien se atreve a mantener que “debemos superar fórmulas del pasado”, está cometiendo un delito de soberbia y está incitando a cargarse a los padres, que por fuerza siempre son de antes; al menos, de antes de uno mismo.
Pues cárguese quien quiera el pasado, pero sepa que estará apuntalando el primer peldaño para su propia guillotina.

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