Mártires surcoreanos

Por fuerza, la mirada se vuelve hacia los veinte misioneros surcoreanos que permanecen vivos en poder de los talibanes, dispuestos para ser sacrificados cuando sus captores decidan. Otro tanto ocurre en Colombia. Otro tanto ocurrió en España y la lista parece ir en aumento. Podrá argumentarse que no, que es una falsa impresión porque el mundo camina cada vez a unos mayores grados de convivencia, ensombrecidos por la inmediatez de la información y el mayor número de espacios cubiertos por ésta, pero en todo caso es imposible de cuantificar.
Donde sí se ha experimentado un cambio apreciable es en la consideración que cada uno de esos grupos que ejercen la violencia contra los ciudadanos merecen entre sus propias víctimas, es decir, las que ellos deciden que lo sean. De ese modo es frecuente tropezarse con opiniones que justifican el uso de la violencia terrorista, bien como expresión de una recomendable insurgencia, bien como respuesta a una violencia mayor, que es la ejercida desde las instituciones y los ejércitos internacionales.
Hoy, al lado de la noticia que da cuenta de la muerte del segundo rehén surcoreano a disparos de los talibanes, se puede leer la entrevista que el ministro Moratinos mantuvo con el número dos de Hezbolá, responsable de un buen número de estas acciones. Y otra, de distinto ámbito, pero igual signo, narra una manifestación en Guetxo, donde se exhibía una pancarta con el emblema de la policía autónoma vasca y la leyenda “ETA, mátalos”.
En los tres casos, _ el de Afganistán, el del Líbano y el del País Vasco _, unos interpretan que sólo con negociaciones se podrá emprender el camino inequívoco que ha de llevar a la paz, a la armonía y al contento. Otros no están tan convencidos de que haya que negociar hasta con el diablo.
Y mientras lo discutimos, veinte surcoreanos, defensores de los pobres sin adjetivos, esperan el momento de ser conducidos a una cuneta y fusilados allí por una causa que ya nunca será justa.

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