Pujol y Flórez

España, patria del agente doble más determinante en la victoria contra el nazismo, el mítico Juan Pujol, se ve ahora golpeada por las fazañas de un mal imitador al que no le mueven los ideales, sino la pasta gansa, como corresponde al signo de los tiempos. ¿Ideales? ¿Qué coño es eso? ¿Una marca de tabaco barato?
No es la única diferencia entre ambos casos, pues si con Pujol se podían distinguir con claridad la catadura de los dos bandos en liza _ el malo era Hitler, por supuesto _, en la presente situación sólo aparecen malos de solemnidad, malos con avaricia y malos de maletas.
El primer puesto lo ocupa Flórez, el traidor, dispuesto a la delación de sus compañeros por un puñado de rublos para ir tirando en invierno. A continuación, Rusia, tan feliz ella de que existan Flórez de cáscara blanda a los que basta embadurnar un poco para que suelten la gallina. Y finalmente, España, cuya maldad estructural se aprecia primero en las deficiencias de su pomposo Centro Nacional de Inteligencia, y después, en la falta de reacción diplomática, aunque sólo sea para decirles a los rusos, como a los niños traviesos, chaval, eso no se hace.
La verdad es que no se podía esperar una airada defensa patriótica cuando no nos hacen falta agentes dobles para poner en peligro a diario la integridad y la seguridad de la nación. Y máxime ahora, cuando estamos a las puertas de elecciones y la peor parte se la puede llevar el anterior gobierno del PP, al menos en lo que a esta primera entrega del guirigay se refiere. De modo que desayúnense ustedes con el caso Flórez y añoren los tiempos de Juan Pujol, cuando un solo hombre era capaz de engañar a todo el ejército alemán haciéndoles creer que el desembarco sería en Calais y no en Normandía. ¡Qué tiempos aquellos! ¡Qué espías para encumbrar en el cine!
Pero ni una película se hizo de Pujol. Como somos tan quijotes, seguro que ahora la hacemos de Flórez, y es comedia, claro.

Comenta