Clases de repaso

El laicismo militante, es decir, el que lucha por reconducir la vida a un mera combinación de genes, se va a encontrar con serias dificultades para borrar de la cultura, las artes, las costumbres y el lenguaje el poso de los siglos. Y cuando lo consiga, el vacío para explicar la historia del hombre será tan grande, que necesitará desandar el camino para no quedarse mudo ante el alumno que pregunte qué es eso del Día de Santiago, qué pintan esas catedrales tan majestuosas en medio de las ciudades o porqué decimos adiós al despedirnos. Así como el agnosticismo es consubstancial y compatible con el hecho religioso _ ¡cuántos papas lo fueron! _ el laicismo se presenta y configura como una alternativa incompatible y censora. Es decir, una nueva religión para la cual no existe la religión. Tamaño esfuerzo bien merece que se cree una asignatura, que se le levanten templos y que se traduzcan a gravilla los ya existentes, como iniciaron en su día los talibanes, aunque lo suyo no era el laicismo, sino una competencia de dioses.
Siempre hubo voluntarios para arramplar con lo existente desde la soledad de sus despachos y en ese ejercicio dejaron obras de indudable interés para el género humano. Platón, Voltaire y otras cabezas bien amuebladas se pusieron las botas ofreciendo explicaciones de mucha altura y discernimiento. Otros lo hicieron cuando también contaban con el poder político, como en la Revolución Francesa, y aquello parecía ser el acabose.
Ahora es objetivo de unos gobernantes que por lo demás se le ve flojos de remos y de sustancia, no exentos de faltas de ortografía y de sintaxis, poco versados en filosofías y con gustos éticos y estéticos de la mayor zafiedad.
Contrasta todo ello con las altísimas miras de su misión y la gente se pregunta si más que crear asignaturas no les convendría repasar las existentes, el Trivium y el Quadrivium, para una vez bien pertrechados, lanzarse hacia nuevos horizontes.

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