Pesimismo extremo

La admiración personal por Félix de Azúa arranca de El velo en el rostro de Agamenón (1969), de modo que es antigua y poética. Que hoy se mantenga reforzada por otras coincidencias coyunturales de criterios menos literarios y más prosaicos es feliz circunstancia, aunque ajena a aquellos orígenes, cuando el poeta estaba a punto de lucir en la pechera el título de novísimo que a nueve de ellos concede Castellet.
El caso es que anda el hombre con la promoción de sus últimos versos, pero sin querer le salen unas entrevistas que más parecen de campaña política que de poesía. Algo tendrá que ver en todo ello el momento que vivimos y su implicación en Ciutadans. Bueno, eso es lo que hay. Quizás todo se deba a que la poesía es un arma cargada de futuro, o a que corren malos tiempos para la lírica, dos topicazos a los que ahora mismo no hemos sido capaces de resistirnos.
Este domingo leo sus declaraciones a una periodista y todo va de actualidad. Hablando de la clase política que nos gobierna, dice Azúa en determinado momento: “Es una generación que no ha conocido el esfuerzo ni sabe lo que es el sacrificio, una generación que desprecia el saber y el pensamiento y funciona con dogmas sectarios, en la izquierda y en la derecha. Esta generación es la que toma el mando y las que vienen después son aún peores”.
No parece fácil condensar más pesimismo en menos palabras, porque el resumen final de Azúa es que no hay salvación, al menos a corto plazo.
No quisiera coincidir en todos los extremos con el escritor barcelonés, aunque síntomas no faltan para hacerlo. Utilizar el término generaciones en un sentido tan amplio es tanto como creer que en los tiempos de Da Vinci, todos eran hombres entregados al conocimiento, las artes y la filosofía.
Mientras no se demuestre lo contrario, preferimos pensar que la excepción no hace la regla y que cabe la esperanza de encontrar mejores modos de hacer política.

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