ETA pro Rajoy

ETA presume de ser ella quien quita y pone a los presidentes españoles de acuerdo con una estrategia cuyo fin último, se supone, es la independencia. Puede hacerlo, entre otras razones, porque mientras no se demuestre lo contrario, fue ella la que elimina a Carrero del panorama postfranquista y porque muchos son los que le siguen adjudicando ese papel en el 11-M, al margen de lo que se demuestre en el juicio, e incluso al margen de lo que el propio atentado haya podido influir en el sentido del voto.
El caso es que pueden presumir de tales atribuciones por el sencillo hecho de que la gente se lo cree, cosa que no ocurriría si lo dice por ejemplo, la Asociación de Amigos del Jamón de Jabugo, pongamos por caso. Algo parecido sucedía con el Opus Dei en determinada época, que a todos los poderes llegaba y ni una hoja se movía sin su consentimiento, al decir de la gente.
En este contexto se habla ahora de que algunos dirigentes, y se cita a Juan María Olano, de Askatasuna, dan por agotadas las vías de negociación con el actual gobierno y cifran todas sus esperanzas en la llegada de Rajoy a la Moncloa, lo que favorecerán con atentados y algaradas. ¿La clave para esta sorprendente hipótesis? El PP controla el poder judicial y el PSOE en la oposición no se opondría al proceso.
Téngase en cuenta que ETA ha demostrado de largo ser una consumada especialista en nadar y guardar la ropa, un axioma que en su caso se traduce en mover solamente las fichas necesarias para seguir existiendo como factor determinante de la política vasca y de la española. En la francesa no puede. La hipotética culminación de sus objetivos supondría, como inmediata medida, su desaparición y ése es de momento su objetivo prioritario, impedirlo.
Lo que haga o deje de hacer debe permanecer en el ámbito de las preocupaciones policiales, y de ahí el tremendo error al ascendenle de categoría y considerarla interlocutor político.

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