Aniversario de réquiem

La semana en que se celebra el treinta aniversario de las primeras elecciones democráticas, es decir, la fecha que simboliza la reconciliación, el consenso y la transición, se salda con un balance birrioso, como si el arrumbamiento mental de su principal protagonista político, el duque de Suárez, fuese también el de las ideas que lo hicieron posible para asombro de muchos y rabia contenida de otros.
Treinta ya son muchos años para que en este país de desestabilizadores natos no nos dé por asar la manteca.
Las ausencias de González y de Aznar contribuyeron a crear el ambiente propicio para dudar si realmente se estaba celebrando un cumpleaños o un funeral. Ni santa Clara se ve en la obligación de contener las nubes a cambio de los huevos correspondientes y la limosna de 80 euros que le ofrece el animoso Marín. ¿Para qué gastar esfuerzos en conseguir un día luminoso si ellos mismos son los primeros en quererlo gris y mortecino? De poco han de valer los huevos de Marín si su presidente ha estado rezando durante tres años para borrar del mapa el 15-J, haciéndonos creer que la verdadera transición consiste en rescatar los dos bandos con el fin de que uno machaque al otro y así perpetuarnos en el cainismo.
La semana era pintiparada para escenificar el nuevo orden, pues al final, después del paripé del aniversario, después de las palabras del Rey y de las coñas marineras sobre la nostalgia, los más encarnizados enemigos de la Constitución engendrada en el 15-J se iban a burlar de ella hasta límites inconcebibles mediante una cuchufleta que hará historia.
La guinda la pone Jordi Pujol, que salta a la lona para advertirnos que ZP no es de fiar, que engaña y que no ofrece confianza a los políticos de largo recorrido que, como es su caso, se mueven por otras fidelidades.
Menos mal que estaba él para darse cuenta.

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