Pánfilos versus avispados

Otegi, o sea Batasuna, o sea ETA, amenazó al Gobierno, a la Justicia y a la Ley de Partidos, diciéndoles que como se quedasen sin candidaturas de su ilegal agrado para las urnas de mayo, se iba a armar una buena gresca.
Si ahora sigue diciendo lo mismo sería la prueba del nueve que certifica la tesis de Garzón: no hay relación entre unos y otros. Si la amenaza cesa, ustedes mismos.
Lo indignante no es haber llegado a esa conclusión por falta de pruebas, sino escuchar ahora el desánimo de los mandos policiales que han visto reducido su trabajo de años a nueve folios plagados de dudas y vacilaciones, como si no se supiese con absoluta certeza de qué estamos hablando.
Todo para que Batasuna recupere su reconocimiento institucional y se subvencione con fondos del Estado sin renunciar a la utilización de la violencia que los había llevado a esa ilegalización.
Y así una y otra vez, sin que ningún poder se atreva a desautorizar lo que cada día está más cerca de ser un despotismo desilustrado con apariencia de democracia en régimen monárquico parlamentario que contempla envidioso a sus más admirados modelos de Cuba, Venezuela o Irán, donde se hace y deshace sin miramientos al Derecho Natural.
Advierten los clásicos que los poderes sin límites se elevan a tal altura que acaban siendo aplastados por su propio peso. De ahí que Tagore agradeciese su inmensa fortuna por no formar parte de las ruedas del poder, sino ser simplemente una de las criaturas machacadas por ellas.
Se da por hecho que el político conlleva la condición de ambicioso y que uno de sus principales fines es perpetuarse. Esa idea anula y aniquila la que verdaderamente justifica su existencia y que no es otra que el olvidado servicio público.
Reivindicar hoy esas obviedades suena a pánfilo. Lo de Tagore también.

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