El maniqueo que no cesa

Los socialguerristas, o sea, los socialistas resistentes al zapaterismo andante, se preguntan cómo es posible que el presidente haga bandera, no ya de sus simpatías pro-palestinas, sino de su antisemitismo. Tan asustados están de lo que propugna que se han visto obligados a rebatirlo con acto y manifiesto, con bombo y con platillo, convencidos como están de que una política moderna, europea y eficaz no puede esgrimir razones objetivas para escorarse de forma tan injusta como sectaria.
Es una contradicción, una más, de quien vive su mandato como si se tratase de aquel viejo concurso en el que debuta Karina, el Sí o no, donde los matices sobraban porque el premio sólo lo ponían en un lado o en el otro.
Cuando ZP habla de política se olvida de los matices y la reduce al maniqueismo de la guerra civil, que se prende precisamente por eso, por apostar que hay un bando de buenos y otro de malos. Como éste ni se entera, le ha dado por recuperar la tontería, como si le dictase la lección un niño de teta, sin experiencia y con mucho egoísmo.
Los palestinos son buenos y los judíos, malos. Bush es un ogro y Ahmadeniyad, una princesa de inmaculada frente. Su abuelo fue un santo varón, y los otros, grandísimos verdugos. ¡Qué murga! ¡Qué hastío! ¡Qué patraña de parvulario!
Vergüenza insoportable debería sentir al ver a sus correligionarios en pleno esfuerzo pedagógico para enseñarle qué es Israel, cuáles son los valores que defiende y cuán grande es el ridículo de sus insufribles payasadas. Defienden éstos, con toda la razón, que las simpatías por la causa israelí no pueden quedar en manos de la derecha, pues equivaldría a un suicido político difícilmente recuperable en años.
Y volvemos a las grandes preguntas. ¿Quién inspira a ZP? ¿A qué intereses somete su gobierno? ¿Qué hemos hecho para merecer tamaña desventura? Este hombre nos deja en los huesos, nos reduce a polvo y calderilla. Sólo Gamoneda, tan frondoso, se siente protegido por su manto cobertor.

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