Siempre habrá un Cho

Dicen que arden los debates sobre las causas de la matanza. Será para lamerse las heridas, porque el panorama se nos antoja diáfano.
Vamos a ver, ¿a quién le extraña que a un enloquecido le dé por matar, y que lo haga utilizando los más eficaces medios a su alcance, si hoy a los que tenemos por cuerdos no se nos cae la palabra violencia de la boca, ni de las manos?
Gracias a ella y a la ausencia de escrúpulos, usted puede aspirar a ser Spectra para influir en las decisiones políticas _ con menos esfuerzo que el de los malos en las películas de Bond _ y para plantear guerras permanentes a quien le plazca. Ya no es un enfrentamiento entre países, como lo fue desde que la memoria alcanza, sino entre países y ectoplasmas sin identificar. O lo que es más importante, sin domicilio fiscal.
La violencia se ejerce en todos los frentes y tal es su implantación que acaba apoderándose de su cuota entre las letras de las canciones populares, un terreno que tenía tradicionalmente vedado.
Nunca se habían escuchado tan altos y tan claros los cánticos al odio, pero seguramente tardamos tanto, no por falta de ganas, sino de medios. Hay violencia en la pareja, en Irak, en las aulas, en las asociaciones de víctimas de la violencia, en los foros de internet, en Afganistán, en las salidas nocturnas, en la charla política, en Virginia, en la sección de internacional, en la T-4, en los árbitros que pitan dos penaltys, en los verduleros de la tele, en las jornadas de reflexión, en el islamismo fanático, en el vasquismo fanático, en Guantánamo y en las torres gemelas.
Se ve que en sus 23 años de vida, Cho Seung Hui sólo ha podido incubar violencia. Estaba tan lleno que cuando la destapa, se lo lleva a él por delante.
Mientras no se reduzca su presencia en todas las relaciones, y mientras la capacidad de destrucción permanezca a disposición de ectoplasmas, siempre habrá un Cho como una chota dispuesto a tomarse la guerra por su cuenta. Y va para largo.

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