Insultos de obispo

Ha de saber, señor obispo de San Sebastián, que sus reiterados llamamientos al diálogo con los terroristas de ETA suponen en sí mismos el más grave menosprecio que cabe hacer de la justicia, la bondad y la caridad, virtudes todas ellas que se suponen en nómina dentro de su ideario.
Y esto es así porque usted se dirige y reclama dicho diálogo a la parte de la sociedad que ha venido sufriendo los asesinatos, robos y extorsiones de una banda negada a esa plática que supone la legalidad, el espacio creado entre todos para no matarnos, que quizás no responda a la idea política que cada uno tiene de un país, pero que permite la convivencia, siempre que sepamos reconocer los diferentes modos de pensar.
En toda su historia, antes y después de Franco, ETA se ha negado al diálogo y a ese principio de convivir sembrando de cadáveres los lugares que tuvo a bien: Barcelona, Madrid, Zaragoza, Valencia, Andalucía, Navarra y por supuesto, el País Vasco. La sociedad la padeció con rabia sabiendo que el diálogo estaba abierto y nada lo impedía. Dejen ustedes las armas, sométanse al acuerdo común que a todos nos afecta y hablen de lo que les dé la gana en las instituciones creadas para ello.
Naturalmente, no ocurrió. Y es ahora, cuando encuentra un Gobierno que no duda en renunciar a todo lo que nos ha proporcionado el consenso, cuando saltan ustedes, con obispo al frente, reclamándolo para hacernos creer que quienes nos fundamos en él como base de la convivencia somos los culpables del horror vivido.
La falacia es tan insultante que sólo cabe exponerla cuando en el ambiente flotan otras aún mayores y cuando por boca de quienes están obligados bajo juramento, se escuchan bárbaros ataques a materias tan sensibles como frágiles.
Si el obispo de San Sebastián cree que su petición de diálogo no es una macabra obscenidad, hará bien en repetirla durante sus oraciones, pues sólo un milagro conseguirá que no se lo reprochen donde él ya sabe.

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