De qué se alegran

Los manifestantes, las víctimas y el sentido común ya tienen la respuesta. En cuestión de horas De Juana Chaos estará camino de su domicilio para completar su condena en prisión atenuada, es decir, más atenuada de lo que ya estaba.
Por encima de razones humanitarias y mecanismos jurídicos que así lo permiten, la noticia pone de relieve que el Gobierno, una vez más, hace dejación de sus responsabilidades y facilita el camino de quienes han conspirado, atentado y asesinado en pos de la destrucción del Estado de Derecho, llámese proceso de paz o llámese proceso de descomposición.
La noticia ha causado decepción, tristeza e incertidumbre, pero no sorpresa, porque es la continuación lógica de una cadena de decisiones que arranca desde aquel mes de marzo como el que hoy se inicia.
Cuando Quevedo escribe que los delincuentes hacen menos mal que un mal juez, está pensando que ocurra lo que hoy ocurre, cuando el ciudadano comprueba que los pilares de la convivencia se alteran y distorsionan a voluntad del político reinante y cuando observa que un simple cambio de Gobierno puede suponer también un cambio de régimen sin que nadie haga nada por impedirlo.
Si un policía amenaza a un periodista y dice que le gustaría encontrárselo en una habitación donde no rija el Estado de Derecho, está haciendo una invocación a la dictadura, una añoranza de situaciones en las que ni dentro ni fuera de ciertas habitaciones el ciudadano tiene armas con las que defenderse del abuso de autoridad, llámese puños o toallas mojadas. ¿Qué le habrá llevado a este policía a proferir semejante amenaza? ¿Habrá visto en su alrededor algún síntoma que lo capacita para jugar con las cosas de comer?
Marzo arranca triste. Triste en el recuerdo y en la actualidad. Puestos en la piel de los que se satisfacen con la noticia, como Rodríguez Ibarra, cuesta trabajo imaginar exactamente de qué se alegran.

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