Idoia

Idoia Rodríguez Buján formaba parte de los efectivos de la ISAF, International Security Assistance Force, desplegados en Afganistán en el convencimiento de que allí se deben combatir a terroristas que amenazan vidas y haciendas de todos los países. Pocas horas antes de su muerte, el portavoz de dichas fuerzas, el coronel Collins, anunció que se esperaba un aumento de los ataques y “dura lucha en ciertas áreas”. La muerte de la soldado lucense parece confirmar las previsiones, pero escuchando algunos análisis que desde España se hacen, da la impresión de que Idoia ha muerto por nada y que a las tropas españolas les corresponde la altísima misión de abandonar la ISAF, desentenderse de lo que acontezca en aquellas lejanas tierras y regresar cuanto antes a sus cuarteles de invierno en previsión de que… ¿nieve?
No le llaman asesino a ZP, porque casualmente son los mismos que lo apoyan y no van a organizar grandes manifestaciones bajo el sugestivo eslogan de Guerra No, porque pondrían en peligro su actual chollo. Hasta ahí podríamos llegar.
Evidentemente la muerte de Idoia, como la de los 80 soldados españoles que le precedieron en este conflicto, son tragedias que entran dentro de lo previsible. No son necesarias muchas luces para imaginar con qué inquietud se vive el paso de los días en las familias de los que allí cumplen misiones en nombre de los que nos quedamos en nuestros hogares tan ricamente. Pero quizás lo mínimo que piden esas familias cuando llega la fatal noticia es que quienes permanecemos en zonas más resguardadas no insultemos su trabajo y su sacrificio calificándolos de inútiles y ridículos, o aún más, convenciéndonos de que mejor haríamos esperar bajo las camas a que alguien decida ponernos una bomba porque hay mucha injusticia en el mundo y cuantos menos vivamos, menos la sufrimos.
Seguro que Idoia y sus compañeros son los primeros en gritar Guerra No, y seguro que nada les haría tan felices como permanecer con los suyos. En mi nombre, gracias.

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