El rollo que no cesa

La doctrina que destila el Instituto de la Mujer, con irregular pero machacona cadencia, nos retrotrae a aquellos momentos de la historia cuando las calles, o incluso el poder, cayeron en manos de visionarios arrebatados por creerse los descubridores de alguna piedra filosofal, oculta a los ojos del hombre hasta su feliz advenimiento.
En su caso, más que de un hallazgo, se trata de una deducción de pie forzado, puesto que una vez establecida la igualdad de los sexos en épocas anteriores al nacimiento del Instituto, ahora corresponde demostrar que el hombre es un verdugo y la mujer, su víctima; objetivo nada difícil pues ya se sabe que la posición del misionero da mucho que sospechar.
Sus dos últimas actuaciones se airean en este martes carnavalero y la verdad es que no se explica cómo la humanidad ha podido sobrevivir tantos siglos sin la existencia del Instituto de la Mujer. ¿Sería a base de espinacas?
Primera actuación. Denuncia un anuncio donde se ve a una mujer muy elegante sobre la que desciende un caballero que según todos los indicios es bien recibido. Otros caballeros observan el aterrizaje como si aguardaran turno, bien porque viven allí, bien porque han venido.
El caso es que el Instituto ve en la escena una violencia insoportable y una inicitación a practicarla contra la mujer. Lo miro y lo remiro y yo sólo veo cinco imbéciles haciendo el memo para anunciar unas prendas italianas. ¿Estaré vacunado contra la violencia?
Segunda actuación. El Instituto defiende el derecho de Miss Cantabria a seguir siendo miss y a seguir siendo madre, pese a que las bases del tinglado lo prohiben, y aquí sí que ya me pierdo pues nunca imaginé que entre los fines de la institución estuviese la vigilancia para el buen funcionamiento de los certámenes de belleza, sino más bien su desaparición.
En fin, que nos gastamos los dineros en artículos de primera necesidad.

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