La talla de la saya

Con el 11-M a las puertas, con De Juana, el Estatut, Pérez Tremps, Bermejo, la Comisión de la Verdad, el referéndum andaluz y todo lo demás, es posible que el tema de las modelos de Cibeles no dé la talla, pero permítanme el chiste tonto, desengrasa.
El impacto sobre la retina de las adolescentes causado por una modelo con Índice de Masa Corporal 17, frente a un índice 18, tiene que ser tremendo, porque a la primera la rechazan y a la segunda la suben a la pasarela para pública contemplación y deleite.
No sería menor el remedio si la medida se extiende al índice de capacidad intelectual y se impide hacer uso de los micrófonos a quienes, por su corta alzada, propalan y promocionan anorexias culturales que no matan al instante, sino a la larga, y que hoy encuentran los medios idóneos para hacerse fuertes y resistentes al amparo de la moda o la vacuidad imperante.
Pero no se preocupen. Eso no ocurrirá porque se corre el peligro de que las masas abandonen su interés por las inmensas propuestas de los diseñadores y al grito de ¡Viva la lírica trovadoresca! se precipiten en riadas sobre las librerías, no dejando anaquel sin vaciar, ni fondo de almacén sin devastar.
Hagamos que desfilen los índices 18 y organicemos un gran plan nacional de unificación de tallas, con scanner y todo, que eso es lo que realmente importa a la mujer paritaria de hoy, encontrar la faja que le vaya, la talla de la saya y la malla de la enagua. Bueno, y al hombre también, que de tan metrosexuales que nos quieren, ya no hay Petronio que se libre de caireles o miriñaques, y atentos hemos de estar a los colores que vienen, si se lleva el rosa palo o de rayas los pantalones. Nos coge Quevedo y nos guinda un soneto que nos crujen las entretelas.
“La moda _ sentenció Oscar Wilde _, es una forma de fealdad tan intolerable que hemos de cambiarla cada seis meses”. Pues si él lo dice, cuando no vivió ni por el forro lo que hoy está cayendo, nos deja sin palabras.

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