Ir o no ir

Ni he visto el teatrillo de Leo Bassi, ni pienso hacerlo, así me lleven al Alfil cargado de cadenas y grilletes. La aclaración va dedicada a quienes sostienen que para opinar hay que conocer el percal y que suelen ser los que montan los espectáculos al estilo del Me c. en D. o del Me suda la p. de ser tan g. La obligación de ir afecta únicamente al crítico, no al espectador. Naturalmente que opino antes de verlo y opino que no voy.
El espectador ejerce su criterio constantemente, tanto si entra en determinadas salas, disfruta en ellas o se aburre lánguido, como si se abstiene de hacerlo. En ese último supuesto está opinando que no le interesa.
Y conocido por otros canales el sentido del humor del señor Bassi, comprobado su nivel intelectual, su concepto de la provocación y cómo conseguirla, su enciclopédica ignorancia en materia teológica, que es de lo que trata la pieza, y su desagradable tufillo prepotente, decido libérrimamente que no va a tenerme entre los que compren una entrada para asistir a La Revelación, pues en este preciso instante, prepotente que es uno, se me ocurren mil doscientas cuatro actividades más interesantes para ocupar esas dos horas.
De la misma manera, tampoco se entiende que grupos católico/confesos dediquen un segundo de su tiempo a protestar contra el señor Bassi y su obra, la hayan visto o no. Primero, porque es el camino más directo para proporcionarle espectadores extras que sin la protesta ni se habrían enterado de que hay en Madrid un italiano despotricando contra lo que ignora; segundo, porque existe un principio bássico según el cual, no insulta quien quiere, sino quien puede, y tercero, porque prohibir es la opción de los impotentes y la única impotencia manifiesta es la de este señor a la hora de hacer humor, teatro, happening, o como quiera denominar sus exabruptos.
Bassi es un provocador nato. Concretamente, de dolores de cabeza.

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