Un déjà vu

Está visto que se puede ser un luchador por la paz y no respetar siquiera la paz de los muertos. Las ideologías totalitarias son capaces de conseguir ésas y mayores aberraciones a poco de que se dispongan medios para ello. Hitler los tuvo y en poco tiempo transformó un pueblo sensato e inteligente en una banda de matones despiadados. Como ya se dijo abundantemente, pero quizás no lo suficientemente alto, el proceso que sigue desde hace años el País Vasco guarda cada día mayor paralelismo con el de la Alemania de entreguerras. Una bandera de nacionalismo extremo, sostenida, como no puede ser de otra forma, sobre mástiles de mentiras, camina hacia el pensamiento único, y en su avance concede licencias para la violencia, la burla de la ley, el engaño y el desprecio hacia los muertos.
El engranaje está perfectamente montado con formaciones políticas que ocupan por completo todas las opciones y se reparten en escala la dureza del mensaje y de los puños.
El NSDAP, la Gestapolizei, las SS, el hostigamiento a los desafectos, el férreo control de los medios, la imposición de enseñanzas sectarias y la última novedad, las botas contra las flores de un cementerio. Si el siglo XX no nos hubiera dejado muestras del grado de perversión que suponen esos lavados de cerebro multitudinarios, podría argumentarse que no estábamos avisados, pero hoy sabemos los ejemplos de multitud de países, especialmente de Europa y Asia, que experimentaron con fórmulas semejantes y cuyos resultados fueron siempre máquinas de matar y de aborregar a la población.
Por eso llama la atención que el proceso vasco, y en algunos aspectos, el catalán, despierten las simpatías de personas que a priori, nada les debería ligar a adoctrinamientos que carecen del principio vital de la libertad y que reclaman a gritos ser considerados dictaduras en ciernes, en el más puro sentido del tropo sobre el huevo de la serpiente.

Comenta