Extremas explicaciones

Una de las soluciones encontradas en el devaneo gubernamental por contrarrestar el aluvión de críticas que buena parte de sus decisiones suscita se reduce a colgar otros tantos carteles de extrema derecha entre los periodistas y ciudadanos disidentes. Y como no es labor propia de un Gobierno, se lo han encargado a sus plumas afines.
Con un clavo, un martillo y un Inri se soluciona el problema. No basta decir que son los ladridos de la derecha, porque suena a confrontación legítima. Añadamos extrema, que eso sí que aterroriza y desautoriza.
También se les podría haber ocurrido pensar que todos esos críticos tan numerosos están pagados por el oro de Fort Nox, como aquellos colegas suyos que en la recta final de Franco escribían inconveniencias contra el régimen porque cobraban el oro de Moscú.
La conspiración judeo-masónica no les vale, pero podrían transformarla en una conjura judeo-cristiana, o desempolvar el Opus, del que ya nadie habla. Tenían varias opciones, pero se decantaron por la más pedestre. Es la extrema derecha, que brama porque… ¡porque brama! ¡Como ha hecho siempre!
Internet está trufado de extrema derecha y los columnistas han agotado las existencias de tela parda para confeccionarse camisas a juego. Somos la quitaesencia del savoir fair y éstos todavía no se han enterado.
Tienen a su favor una extrema derecha que crece en Europa a gran velocidad y que se codea con los grandes partidos tradicionales en las urnas llevando la preocupación a los foros donde realmente saben calibrar este peligro. De modo que levantando la alarma de la derecha extrema en España, todo se mezcla y camufla.
Pero en su contra tienen que nada de eso explica la abundancia de críticas que recibe su gestión y harían bien en mirarse el ombligo para encontrar las causas antes de lanzar cortinas de humo como las que la dictadura lanzaba en su desesperación final.

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