No es racismo, sudaca

Se discuten, analizan y sopesan las circunstancias de la batalla campal de Alcorcón en busca o en descarte de tintes racistas, como si no hallándolos se consiguiese rebajar la gravedad del caso. Se partieron el cráneo entre ellos, pero afortunadamente ninguno de los agresores era racista.
El que no se consuela es porque no quiere.
Vivimos en un país donde alguno de sus partidos políticos legales han sido fundados por racistas declarados, con abundante obra escrita donde el racismo campa a sus anchas sin necesidad de que la raza odiada sea de lejanos orígenes, ni de que muestre historia, cultura o rasgos especialmente distintos. Se ha dicho también que cualquier nacionalismo exacerbado conlleva necesariamente ingredientes racistas, de modo que constatarlos en Alcorcón tampoco debería suponer un esfuerzo extraordinario ni sorprendente.
Cuando Ibarretxe habla de “un sujeto político vasco con derecho a decidir”, para justificar solapadamente que otros compatriotas suyos basen su existencia en causar determinadas víctimas y destrozos, está recurriendo a la esencia misma del racismo, pues mantiene que el derecho del vasco está por encima de la vida de la víctima. Resulta un aspecto tan elemental que ni se menciona cuando se informa de estas cosas.
Si lo de Alcorcón es o deja de ser racismo sólo sirve de pobre argumento para mirar hacia otro lado y concluir muy ufanos que son cosas de jóvenes, que este país es muy sano y que si se pegan es porque tienen la sangre caliente.
Preguntado un emigrante gallego en América si había sido testigo de algo parecido, contestó que de haber peleas, eran de uno contra otro; estábamos demasiado ocupados por el trabajo como para perder las energías en pandillitas.
Pues vigilen el tema, porque aquí lo que sobra es tiempo libre.

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