Los trileros

Basar la actividad política, como hacen algunos nacionalistas, en una constante reclamación de la independencia, sin atender jamás a pactos, consensos o constituciones previas, es una conducta propia de delincuentes, extorsionadores, macarras y falsarios. Personas sin sentido del honor, de la dignidad, ni de la palabra, con las que no debemos compartir ni lotería de Navidad, pues si resulta premiada, te dirán que el acuerdo ha caducado.
Estos listillos trujimanes, hábiles en el arte del escamoteo, sin pudor a la hora de saltarse la ley, ni moral a la hora de compartir mesa con asesinos, intentan hacernos creer que el amor a su tierra justifica culaquier tropelía que se cometa contra la de los demás, como si el resto de los mortales fuésemos gilipollas y nuestras tierras respectivas no fuesen tan sagradas, amadas o encantadas de haberse conocido como la suya.
Los señores Ibarretxe y Pérez, por citar a dos cabecillas de esos monipodios, creen que para alcanzar el consenso constitucional sólo ellos cedieron. Y lo hicieron para esperar a la Carta Magna agazapados tras una esquina donde apuñalarla por la espalda después de dejar en su camino un reguero de muertos. Eso se lo podrán contar a sus ciudadanos porque cada día viven más cerca de la dictadura y del monopolio informativo, conseguido a través de un concienzudo pesebrismo disfrazado de libertad que permite a los dos citados y a muchos más pasearse por las páginas de sus periódicos con el marchamo de que son auténticos héroes de la patria. Viven convencidos de que si Isabel I hizo sir al corsario Drake, ellos bien pueden aspirar a que se les recuerde como los paladines de la ley y la justicia.
Si en su discurrir tropiezan con un poder ejecutivo que no sólo ve con buenos ojos sus artimañas bandoleras, sino que les ofrece la posibilidad de compartir gobernación juntos, la cosa se pone de “apaga y vámonos”.

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