Fuera de competencia

Cuanto más se empeñan en apuntalar a martillazos la dicotomía de las dos Españas _ la buena, de izquierdas y republicana, y la mala, de derechas y monárquica _, más se machacan las yemas de sus dedos, por la sencilla razón de que sus bastardas divisiones no responden ni a lo ocurrido en 1936, ni muchísimo menos, a lo que ocurre setenta años después, en 2006.
La realidad les supera a diestra y siniestra, por encima, por debajo y por el centro. Pero el cuadro que nos pintan a diario esa plaga de calamidades elevada a la categoría de políticos no se parece al auténtico ni por el paspartú. Pese a ello y por desgracia, todos los esfuerzos de estos apandadores están encaminados a conseguirlo.
Cada vez que sacan a relucir el contencioso maniqueo se retratan como míseros manipuladores cuyo fin es envenenar la sociedad en su exclusivo provecho. Primero, porque son incapaces de plantear políticas de integración, eficacia y desarrollo; y segundo, porque disimulan sus carencias azuzando un enfrentamiento cínico, dañino y maligno.
Al socaire de la memoria histórica navega la perversidad, pues si sus principios inspiradores son admitidos sin reparos por todos quienes aman la verdad sin etiquetas, esta iniciativa no lo podrá conseguir nunca porque tiene poco de memoria, nada de historia y mucho de rencor tramposo.
Si un Gobierno y los partidos que lo apoyan se entretienen con un falso proceso de pacificación y un debate que reabre las heridas felizmente reconciliadas, o son la viva representación de la inutilidad, o son algo más peligroso.
El espectáculo español visto desde dentro es desmoralizante. Quienes lo observan desde fuera se limitan a frotarse los ojos o a frotarse las manos. Unos no se lo pueden creer. Los otros no quieren que cese, pues su prolongación en el tiempo mantiene a España fuera de la competencia.

Comenta